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Sin dudas los conocimientos teóricos y la propia experiencia de vida, determinan el tipo de mirada y la actitud que va a tener el terapeuta en su trabajo.

Así como en el Psicoanálisis se alienta al terapeuta a tomar la mayor distancia posible del paciente, así desde la teoría Humanística nos hablan del encuentro de dos seres humanos, donde no hay un terapeuta que cree tener “la Verdad” mientras considera ignorante al otro, ni que cree tener “la Salud Mental” mientras rotula al paciente en una de las tantas etiquetas psicopatogógicas.

Para el Humanismo son sólo dos seres humanos (y por lo tanto imperfectos), en un encuentro donde el terapeuta, luego de un profundo trabajo consigo mismo y habiendo aprendido las herramientas necesarias, acompaña a su paciente en su camino de aprendizaje y crecimiento.

Como decía el gran Carl G. Jung: “Conozca todas las teorías. Domine todas las técnicas, pero al tocar un alma humana, sea apenas otra alma humana”.

Como dije anteriormente, volví a ejercer como terapeuta el día que pude sentir que cada sesión es Sagrada.

Sagrada porque en ese encuentro hay un profundo respeto y cariño mutuo. Porque no hay nada que juzgar ni condenar. Al contrario, hay en mí una gran valoración por el esfuerzo que está haciendo esa persona para convertirse en alguien mejor, para él mismo y para la sociedad.

Y puedo valorarlo porque primero yo misma pasé por el mismo proceso. Porque hablo desde el conocimiento profundo de lo que se siente al enfrentarse a esos “monstruos” que creemos tener adentro.

Del miedo a lo desconocido cuando empezamos a cuestionarnos lo que nuestra gente más querida nos hizo creer por años, o cuando comenzamos a sacarnos las máscaras que cubren nuestro verdadero rostro. Del dolor cuando vemos cómo seguimos repitiendo una y otra vez los mismos patrones de conducta que ya no nos sirven.

Pero también voy comprendiendo la alegría y la emoción que se sienten cuando por fin podemos ejercitar la conciencia  como para poder elegir lo que queremos en cada momento.

Cuando comenzamos a “amigarnos” con todo lo que somos, aceptando las dualidades que sentimos y así, deteniendo la lucha interna implacable que antes se daba. Cuando vamos viéndonos y viendo a lo que nos rodea con mayor realidad, sin tantas distorsiones.

Cuando podemos aceptarnos con nuestro verdadero rostro, dejando de lado las máscaras que nos cubrían. Cuando comenzamos a encontrar cosas que nos dan placer y nos permitimos hacerlas sintiendo cada día que nos estamos realizando en lo mejor de nosotros.

Cuando una nueva valoración, un nuevo amor surge dentro nuestro, dejando atrás las inseguridades y desvalorizaciones del pasado.

Cuando ya no dependemos de la mirada del otro para aceptarnos y querernos  y podemos decir, convencidos, “ésta SOY”.

Sí, todo esto lo viví. Y así como siento  que gracias a esta terapia yo pude ir reconstruyéndome a mí misma según mi verdadero Ser, así quiero poder acompañar a otros a lograrlo.

Y para mí, conseguir esto es Sagrado.

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