EL POR QUÉ DE LOS ATAQUES DE PÁNICO

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Parecería ser que los ataques de pánico (también conocidos como ataques de ansiedad) son el mal de nuestra época. Cada vez más y más personas tienden a padecerlos.

Y dado que realmente el sufrimiento que traen aparejados es muy grande, es importante conocer cómo se manifiestan pero sobre todo, cómo superarlos definitivamente.

SU MANIFESTACIÓN FÍSICA

Su manifestación surge de manera súbita como un intenso temor sin razón aparente y pueden alcanzar su máxima intensidad en unos diez o veinte minutos, pudiendo durar una hora o más. Durante estos ataques se presentan síntomas físicos muy intensos: taquicardia, hiperventilación pulmonar, dolor torácico (que se puede confundir con un ataque cardíaco), temblores, mareos o desmayos, sensación de asfixia, sentimientos de irrealidad, naúseas o vómitos.

Es su intensidad lo que provoca terror a la muerte, cuando realmente estos ataques no presentan ningún peligro físico real.

Los afectados entonces caen en la trampa de hacer cualquier cosa que creen que les ayudará a evitar las crisis (tratando de controlarlos, luchando contra ellos, cayendo en supersticiones o rituales, tomando medicación), cuando ésto lo que provoca es empeorar los ataques.

También surge un gran temor a que se repitan. Pero como lo que pensamos lo actuamos, es este mismo temor lo que los vuelve a hacer reaparecer, creándose así un círculo vicioso.

Las causas fisiológicas para que estos síntomas se produzcan residen en nuestro cerebro en el sistema neuro-vegetativo, el más primario y que compartimos con todos los animales: cuando percibe un peligro (sea éste real o imaginado), automáticamente dispara una respuesta de alarma que se conoce como “huir o pelear”. Lo que hace es preparar a nuestro organismo para huir de la amenaza o para pelear y salvar nuestra vida.

La función de alarma produce un aumento de actividad de diversas funciones corporales como aumento en la presión arterial, intensificación del metabolismo celular, incremento de glucosa en la sangre, aumento en la coagulación sanguínea e incluso un aumento en la actividad mental. De igual manera la sangre se va a los músculos mayores, principalmente a las piernas o a los brazos, para tener suficiente energía para escapar o pelear si es necesario. El corazón comienza a trabajar a una velocidad muy por encima de lo habitual, llevando rápidamente hormonas como la adrenalina a todo el cuerpo y a los músculos. El sistema inmunológico se detiene, así como todas las funciones no esenciales en el cuerpo, para prepararlo para lo que venga: la huida o la pelea para salvar la vida.

Ésta última frase es muy importante. En los animales, todo este aumento en las funciones corporales sirve realmente para salvar su vida de un peligro real. Mientras que en los humanos (salvo que surja un ataque real físico) estos mecanismos entran en funcionamiento cuando sentimos miedo o enojo, sin discriminación de la magnitud de estas emociones ni de qué las provoca.

Por lo tanto, al percibir todo esto, comenzamos a interpretarlo. El problema es que lo interpretamos con pensamientos catastróficos como “me está dando un infarto”, “me voy a morir”, “me voy a desmayar”, “nadie me va a ayudar”, “este es el fin”, etc… Al tener este tipo de pensamientos, es prácticamente inevitable que se desencadene el ataque de pánico, donde ya perdemos el control de nosotros mismos, de nuestras decisiones y de nuestro actuar.

LOS MOTIVOS PSICOLÓGICOS

Antes que nada hay que comprender que todos estos síntomas físicos son creados por la mente en una interpretación errónea de lo que nos está pasando. No existe un peligro real, nadie ha muerto por un ataque de pánico.

Nuestro cuerpo es muy sabio y sólo hace síntomas para mostrarnos que hay algo que no comprendemos y no resolvemos en nuestro psiquismo.

El significado de “pánico” es simple: miedo extremo. ¿Pero miedo a qué?

Hasta la fecha, ni en psiquiatría ni en psicología hay una respuesta categórica a esta pregunta.

Pero en mi práctica terapeútica he comprobado que en todos los pacientes atendidos, es un miedo extremo a expresar el enojo. 

Desde que nacemos, nuestro estado de indefensión hace que dependamos totalmente de nuestros padres. Y el bebé aprende instintivamente que la mejor manera de ser querido y aceptado es compartiendo los valores, los sentimientos y actitudes de ellos.

Hacemos “monerías” si a ellos les agrada esta actitud, pero también podemos dejar de expresar emociones que a ellos no les son gratas. Y entre las que se consideran emociones “malas” está  sobre todo la ira.

Así, si un pequeño nace en una familia donde la expresión de esta  emoción (totalmente natural) la viven como que no es correcta, éste aprende a tener miedo a expresarla. La intensidad de ese miedo se corresponde con la respuesta que hayan tenido los padres.

Y así se convierten en adultos que tienen problemas para expresar su ira. La van “guardando” por temor a no ser queridos por otros adultos hasta que en determinado momento hacen explosión. Con toda la fuerza energética que conlleva el acumulamiento: el ataque de pánico. El miedo extremo a manifestar el enojo.

Con los pacientes que presentan esta sintomatología, hago consciente desde el primer momento sus características y buceando en los recuerdos de la infancia aparecen uno o ambos progenitores (o algún adulto muy importante emocionalmente en su vida) castigando severamente la expresión de ira, o haciéndoles sentir que cuando la expresaban no eran queridos.

Generalmente al poder poner en palabras y en la conciencia lo que antes era inconsciente e irracional, en poco tiempo los síntomas desaparecen.

El aprender a expresar el enojo en el momento adecuado, con la persona correcta y en la medida justa, hace que no tengamos que ir acumulándolo más.

Luego es parte del proceso terapéutico ir aprendiendo a expresar todo lo que sentimos sin castigos ni negaciones, sin más condicionamientos que no nos corresponden.

 

 

REVISTA SALUD ALTERNATIVA: LOS DESENCUENTROS DE LA PAREJA

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:: REVISTA SALUD ALTERNATIVA
    
Diciembre de 2007

¿Por qué considera que se desencuentra una pareja?

Si pensamos que una pareja son dos personas que provienen de mundos distintos, de historias, valores, creencias, experiencias diferentes, podemos comprender que es una tarea difícil la que se les presenta por delante, lo que puede llevar a muchos momentos de desencuentros.

Poder crear un mundo nuevo que les pertenezca implica mucha comunicación, flexibilidad y confianza en el otro.

Es poder mostrarse tal cual se es, con los defectos y virtudes, sabiendo que el otro no se va a aprovechar de mis limitaciones sino que por el contrario, va a ayudar a modificarlas para poder ir creciendo juntos. Es no intentar cambiar al otro en función de mis deseos, sino aceptarlo tal cual es.

Tiene que ser una relación entre pares: el otro es mi igual a pesar de las diferencias. En todo caso, éstas se convierten en un incentivo para aprender y enseñar.  

Poder mantener un compromiso compartido, entendiendo por ello el querer intentar que el proyecto funcione aún en los momentos difíciles.

Estos serían los ingredientes necesarios para crear una buena pareja, lo que permitiría que se dé una gran intimidad física, emocional, psicológica y espiritual.

Cuando alguno de estos puntos no se respetan, ahí nos encontramos con un desencuentro, un conflicto, una crisis.

¿En ese desencuentro que pasa con el amor?

Todos los seres humanos somos, por definición, imperfectos, lo que nos lleva a lo largo de nuestra vida a cometer muchos errores. Y esto, que podría parecer algo indeseable, en realidad es lo que nos permite crecer. Ya que si miramos la equivocación concientemente y sin enjuiciarla, podremos ver cuáles fueron los motivos que nos llevaron a cometerla y así, la siguiente vez, podremos elegir buscar una respuesta distinta y que nos beneficie.

Lo mismo sucede en la pareja. Si frente al desencuentro o al conflicto se colocan en una posición de víctima y victimario, adjudicando al otro todas las culpas y viéndose desde su ego como el “pobre inocente” de la situación, seguramente van a seguir cometiendo los mismos errores y ello llevará al desgaste del amor y de la relación.

La idea es que cada uno mire dentro de sí mismo y pueda asumir los propios errores, teniendo en cuenta que el otro no es su enemigo sino un aliado con quien quiere crecer y disfrutar.

Esto los ayudará no solo a acrecentar y afianzar su amor, sino también a lograr una pareja en constante crecimiento y desarrollo.

¿Los desencuentros se producen de manera consciente o no?

Salvo que haya una patología severa yo diría que vienen del inconsciente, ya que me resulta difícil creer que alguien busque conscientemente su propio dolor o el de la persona que ama.

Lo que sucede es que cada uno hace lo que puede con lo que tiene…Si yo no tengo un buen nivel de conocimiento y de trabajo conmigo mismo y tiendo a negar mis partes más oscuras, es lógico que repita viejos errores en mi accionar y con el otro. Si yo no me amo ni me valoro, es imposible que lo pueda hacer con el otro.

Es posible que inconscientemente copie los modelos de relación de mis padres o de figuras importantes de mi vida, sin darme cuenta que puedo encontrar dentro mío maneras mucho más creativas y saludables para relacionarme con la persona con la que elijo estar.

¿Uno se desencuentra porque se aburre?

Si me aburro con mi pareja, eso ya nos muestra que algo en nuestra dinámica interna está funcionando mal.

Por supuesto que en la vida de cualquier pareja existen distintas etapas. Al principio lo predominante es la pasión y el éxtasis del descubrimiento mutuo. Es una etapa que se caracteriza por la idealización del otro, verlo como deseo que sea. Y desde ese lugar, todo puede ser juego y alegría y el otro un ser perfecto.

Pero a medida que el tiempo pasa, cuando los fuegos artificiales dejan de brillar y se van enfrentando a la realidad de quién es verdaderamente el otro (con todos sus brillos pero también con sus oscuridades)  y aún así deciden seguir juntos, comienza  el verdadero amor y con él un placer más sereno y profundo. Es el momento de la verdadera aceptación total del otro y de mí mismo.

El placer de los momentos compartidos, el placer del volver a casa y encontrarme con mi amigo y amante, el placer de que puedo contar con el otro en momentos difíciles.

Para lograr esto es necesario chequear en el día a día si están haciendo lo necesario para mantener el disfrute de la relación. No hay que olvidar que una pareja requiere trabajo. Así como si me gustan las plantas tengo que regarlas todos los días para que no mueran, así la pareja necesita “regarse” con nuevos estímulos, con nuevos proyectos, con nuevas seducciones…

Si no lo tengo en cuenta, es posible que me encierre en mi propio mundo olvidando que ahora “somos dos”, con lo cual el resultado será el aburrimiento del otro y la resignación compartida.

¿Los desencuentros serían la manifestación de que “algo no anda bien”?

Tener desencuentros con otro que comparte mi vida, es absolutamente normal. No olvidemos que venimos de mundos distintos y somos diferentes.

En este nuevo “lenguaje común” que tenemos que encontrar, es muy posible que se creen muchos momentos de discrepancias.

El problema surge cuando hay posiciones rígidas dadas por el desconocimiento de sí mismo. Cuando desde mi ego creo que tengo la Verdad y culpo a mi compañero porque “no quiere” aceptarla. O cuando desde un ego muy chiquito, acepto las palabras del otro como verdades absolutas.

Sin entender que cada uno tiene su propia verdad de acuerdo a sus condicionamientos y su historia y que no hay verdades mejores o peores, sino solo distintas… Es desde esta comprensión que la pareja puede conciliar y así evitar que ese desencuentro se convierta en un conflicto.

¿Cuánto influye en esta situación las opiniones ajenas y el ambiente que nos rodea?

Como seres condicionados que somos, la opinión de la gente en general influye mucho, sobre todo si son personas importantes en mi vida.

Pero el nivel de influencia que voy a permitir que tengan va a depender del grado de seguridad conmigo mismo y con mi pareja. Obviamente que a menor seguridad, mayor va a ser su peso.

¿Cómo puede la pareja enfrentar esta situación?

La manera más saludable es que comiencen a cuestionarse todas las creencias que cada uno trae como verdades absolutas.

Si comprendemos que “somos” lo que la sociedad (padres, familia, escuela, medios de comunicación, amigos, etc.) ha hecho de nosotros, podemos comenzar a preguntarnos si esto que “soy” hoy, está de acuerdo y hasta qué punto con esos valores que me enfrentan con mi pareja.

Y luego, los dos juntos, ir viendo cómo armonizar lo que va quedando como propio, para convertirlo en un “nosotros”.

A mi entender, este es un trabajo fundamental que cada uno, viva o no en pareja y a cualquier edad, tendría que hacer consigo mismo. Cuestionar  todos y cada uno de los mandatos y condicionamientos que traemos desde niños, nos permite crecer como seres humanos y elegir qué queremos para nuestra vida.

La paternidad suele alejar a la pareja en su espacio de ser solo dos. ¿Puede considerarse a este uno de los principales puntos de inicio de los conflictos existentes hoy en día?

Sin dudas. La llegada de los hijos y el acomodarse a nuevos roles es uno de los momentos de mayor exigencia en la pareja. No solo porque ya no somos “solo dos”, sino porque ese otro ser es nuestra primera auténtica responsabilidad que nos acompañará el resto de nuestra vida.

Y esto nos coloca en una nueva revisión de nuestra propia historia. De acuerdo a cómo cada componente de la pareja haya vivido esa relación primaria y cómo la haya resuelto, dependerá cómo encare esta nueva etapa.

También tenemos el peso de los “modelos” que la sociedad nos inculcó.

Hasta hace muy pocos años, la relación afectiva con el niño estaba casi excluyentemente relacionada con la madre (obligándola en ciertos casos   a tener que abandonar cualquier otro rol que tuviese como mujer), mientras que el padre “debía” hacerse cargo del sustento económico y hasta de las “normativas” familiares (la famosa frase “ya vas a ver cuando venga tu padre”), no permitiéndole de esa manera que pudiese descubrir los aspectos más amorosos que ese niño le despertaba.

Pero cada vez vemos más parejas de jóvenes que se cuestionan estos “mandatos” para encontrar “su” propia manera de ser padres. En esta revisión no es poco el peso que tiene los nuevos espacios que las mujeres han conseguido. En un momento en que la  mujer  aporta  económicamente al hogar tanto o más que el hombre, se hace necesario reveer los roles que traemos, permitiendo así que el hombre pueda comenzar a ejercer funciones que antes estaban casi exclusivamente reservadas a la mujer.

Pero estos cambios no solo se dan por necesidades económicas, sino porque los jóvenes cada vez más conviven con un mayor respeto por sus parejas y por ellos mismos, permitiéndose relacionarse con los aspectos propios del sexo opuesto que todos tenemos dentro nuestro, pero que generalmente están poco desarrollados. Así, la mujer puede desde su “ser masculino”, trabajar en ambientes competitivos y el hombre desde su “ser femenino” puede dejar salir su sensibilidad más profunda con los hijos.

¿Suele ser uno de los dos integrantes el que plantea el problema o ambos?

Esto depende de cómo cada uno haya resuelto sus conflictos con sus propios padres, o con su nivel de maduración.

Pero sea de quien sea el problema, lo mejor es poder hablarlo con el otro, mostrar los miedos y las debilidades y entre ambos ir resolviendo el conflicto. No olvidemos que la naturaleza es sabia y así como el feto necesita nueve meses para convertirse en un bebé completo, así los padres tienen esos nueve meses para ir enfrentando sus dudas y temores y poder ir trabajándolos.

¿Qué elementos propios de cada uno deben trabajarse para a su vez, poder tratar el problema propiamente dicho?

Para comenzar a conformar una pareja se necesita un muy buen auto-conocimiento y respeto por si mismo, para luego poder aceptar y respetar a esa otra persona, tan diferente a mí.

Cuando alguien no lo tiene es muy difícil el encuentro con el otro. Porque todo aquello que se esconde a sí mismo, se convierte en un vidrio deformante del otro y de la realidad.

Y en lugar de ver a su pareja como en realidad es, lo ve en función de sus necesidades (por ejemplo, para que llene sus vacíos, caso típico de las personas dependientes) o de sus proyecciones (lo idealiza o lo convierte en su chivo expiatorio).

Por lo tanto es indispensable si se quiere establecer una relación sana  comenzar a trabajarse conscientemente a sí mismo. Cuando más me voy conociendo y más voy aceptando todo lo que soy, más aumenta mi auto-estima y mi respeto por mí mismo. Y solo desde ese amor y respeto es que voy a poder amar y respetar al otro en todo lo que es.

¿Existe una comunicación perdida en estas situaciones, que haya que recuperar? ¿Cómo se puede estimular el diálogo?

Una buena comunicación es fundamental en cualquier pareja. Si yo tengo zonas mías de las que me avergüenzo, es muy difícil que pueda decírsela al otro. Pero si mi actitud es de aceptación y ganas de modificarla, voy a poder compartirla con mi compañero para que me ayude en mi propósito.

Si por algún motivo una pareja no tiene una buena comunicación, hay muchas maneras de facilitarla. Pero todas tienen que provenir de una aceptación conciente de las dos partes de que éste es un tema conflictivo que quieren resolver.

¿Qué prácticas o conductas se pueden realizar para superar esta etapa?

Cuando una pareja se va conformando comienza a establecerse un contrato que en general es implícito: quién juega determinados roles, qué aporto y  qué espero de la pareja, etc.

Desde ese lugar de trabajo consciente que señalé anteriormente, una práctica muy saludable que yo promuevo con las parejas con las que trabajo, es la de los “re-contratos”.  

Sirven para “actualizar” los cambios que se van produciendo en cada uno de los miembros individualmente a lo largo del tiempo y adecuarlos a la actualidad. Es poder hablar desde quien soy hoy, qué espero de mi compañero y hasta dónde puedo satisfacer los deseos de él. También tiene en cuenta si se cumplieron o no los proyectos previos para de esta manera poder chequear qué es lo que lo impidió o, si fueron alcanzados, actualizarlos por otros nuevos.

Otra excelente técnica para aplicar es la de la “elección diaria del compañero”, que ratifica día a día el compromiso que asumo frente al otro. Y no solo eso, sino que también permite ver claramente si hoy siento que no quiero elegirlo, qué sucedió ayer que me provocó esta reacción y de esta manera no dejar acumular desencuentros, sino resolverlos en el aquí y ahora.

CÓMO DERROCAR A NUESTRO “AUTORITARIO INTERIOR”

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:: REVISTA SALUD ALTERNATIVA
    
Noviembre de 2007

Los seres humanos vivimos inmersos en un gran caos psicológico.

Cuando nos detenemos a prestar atención a los que nos sucede a diario, vemos que constantemente distintas partes internas se pelean unas con otras por estar en contradicción: hay algunas que consideramos son “adecuadas”, mientras que otras preferimos no sentirlas porque “no son buenas”.

Es como si tuviésemos un gran tirano interno que  vigila constantemente todo lo que hacemos, todo lo que pensamos y aún todo lo que sentimos, para decirnos qué “está bien”  y qué no.   Inclusive nos determina el castigo correspondiente: vergüenza, humillación, culpas.

Así se va creando una división y una incoherencia interna que va volviendo tortuosa nuestra vida. Todo esto acarrea tensiones, contradicciones, conflictos, fricciones y de esta manera, síntomas de todo tipo: angustia, ansiedad, depresión, inseguridad, desvaloración, dolores físicos, etc.

¿Cómo hacer para modificar esta situación y no quedar “atrapados” en ella?  ¿Qué o quién es este “autoritario interior”? Simplemente el conjunto de “cosas correctas o incorrectas”, “buenas o malas” que gobiernan nuestra vida; todos los “deberías” y “tendrías” que venimos escuchando desde el momento de nuestro nacimiento y que constituyen los famosos condicionamientos sociales. Ese conjunto de valores, reglas y mandatos que toda sociedad necesita instalar dentro nuestro, para que seamos “buenos ciudadanos”.

Al nacer, cada bebé tiene dentro de sí posibilidades ilimitadas para desarrollarse. Es lo que llamaríamos su Esencia, su Ser.

Pero desde el nacimiento en adelante nuestros padres, a través de castigos y elogios, nos van inculcando todas aquellas cosas que   creen son buenas para nosotros (ya que no olvidemos que ellos a su vez también han sido condicionados por sus respectivas familias) y que van rigiendo nuestra conducta, nuestros pensamientos y ¡hasta nuestros sentimientos! (¿cuántas veces ha escuchado la frase: “no deberías sentir esto que sentís”…¿hay algo más paradójico?).

Y esto en sí mismo no está mal, es parte del proceso educativo de nuestros hijos. El problema surge cuando los padres son poco flexibles y les cuesta adaptar sus creencias y valores a ese pequeño ser que tiene sus propias características.

Así, si tomamos por ejemplo un padre que es rígido y estructurado en sus opiniones, seguramente frente a cualquier acción del niño que no se adecue a sus valores lo castigará y éste, al no tener una estructura psicológica que le permita comprender que “eso” es del padre, intentará “desconectarse” y esconder eso que piensa o siente simplemente para conseguir la aprobación y el amor de ese hombre al que considera dueño de la Verdad. Y no sólo eso. También considerará que “algo malo debe haber dentro suyo” para provocar la ira de ese padre.

El resultado será grandes aspectos de su verdadera naturaleza que va ignorando y una auto-imagen cada vez más desvalorizada.

Lamentablemente, el mismo niño va creyendo en su desarrollo que “esa” personalidad  única le pertenece y que todas las contradicciones, angustias y dolores que tiene, se deben a algún defecto inherente a él mismo.

A lo largo de los años, ya no necesitamos el castigo exterior si respondemos distinto de lo esperable, sino que nos vamos convirtiendo en nuestros propios auto-censuradores y auto-castigadores.

Nos peleamos con esas partes nuestras que no se ajustan al ideal de lo que querríamos ser (o lo que creemos que los demás quieren que seamos) y terminamos auto-mutilándolos, produciendo de esta manera los síntomas y dolores que acompañan nuestra vida. Ese es el resultado del “tirano interno” del que hablábamos al principio.

¿Cómo hacer para revertir esta situación tan conflictiva?

En realidad, no se trata de “derrocar” a nadie, ya sea interno o externo, sino de tener una mirada distinta, más compasiva, de estos procesos.

La propuesta de la  Psicología Humanista Transpersonal apunta a acrecentar lo que llamamos la Conciencia Testigo. Es la conciencia que surge de una profunda auto-observación  en el aquí y ahora, de cómo me fui convirtiendo en esto que creo ser y de quién realmente Soy.

Así, el primer paso podría ser comprender cómo se produce el proceso de condicionamiento y observar de que se basa en un gran error: considerar que todos somos iguales y como tales nos podemos ajustar a las mismas leyes…

Si bien es cierto que parte de los valores culturales los necesitamos para convivir en sociedad (por ejemplo, no matar, no robar), la mayoría de los mandatos que nos transmiten tienen que ver con la creencia errónea de que “mis valores” son valores absolutos que a todos les sirven, sin tener en cuenta que cada ser humano es  único y diferente a los demás y lo que a mí me sirve, puede que al otro no. Sin ser lo mío ni mejor ni peor, sino sólo distinto. Esto es la base del respeto mutuo.

Por lo tanto, si bien es lógico transmitirles a nuestros hijos lo que creemos mejor para ellos, es importante darse cuenta desde qué lugar de salud mental lo hacemos y también, respetando sus características únicas, ayudarlos a desarrollar sus mejores potencialidades.

Cuando podemos comprender esto concientemente; cuando podemos ver que nuestros padres y maestros nos dieron lo que podían y tenían pero que eso no necesariamente es lo mejor para nosotros, un ancho panorama desconocido se abre ante nuestros ojos y dejamos de lado una mochila muy pesada para recorrer este camino de auto-descubrimiento.

Podemos por ejemplo comprender que nadie tiene la culpa de este proceso y por lo tanto podemos “soltar” a nuestros padres internos y comenzar a cuestionarnos cada mandato y cada condicionamiento que nos ataba…descubriendo qué siento yo mismo de acuerdo a mis verdaderas necesidades y potencialidades.

Podemos comenzar a tener una mirada más compasiva, más amorosa de nosotros mismos, dándonos cuenta que no somos solo “eso” que mostramos, sino que estamos  constituidos por multitud de “yoes”. Podemos  olvidar los “debería” y “tendría” y comenzar la apasionada búsqueda de todos esos personajes distintos que habitan en nuestro interior, comprendiendo que no hay ninguno malo en sí mismo.  Hay sólo partes chiquitas y poco evolucionadas que quedaron en ese estado porque no fueron aceptadas por nuestros mayores. Así, en lugar de negar o de enjuiciar esas partecitas, podemos aceptarlas y darles nuestro propio amor, “acunándolas” para que crezcan, y aprendiendo algo que nunca nos enseñaron: a aceptarnos compasivamente como verdaderamente Somos, seres humanos imperfectos.

Cuando comenzamos a “amigarnos” con todo lo que somos, aceptando nuestras luces y también nuestras sombras,   detenemos la lucha interna implacable que antes se daba y descubrimos que contamos con una poderosa herramienta: el poder de la elección conciente.

¿Qué es esto?  Si yo antes vivía solo con una pequeña parte de mí misma, veremos que entonces solo contaba con una mínima cantidad de respuestas posibles frente a todas las situaciones de la vida. Repitiendo, y repitiendo y repitiendo. Y generalmente eran respuestas erradas, que no me pertenecían y por lo tanto me hacían sufrir. Como bien grafica la frase popular, “golpearse siempre con la misma piedra”.

Pero si ahora voy aceptando muchas más partes que me conforman, puedo elegir respuestas nuevas, creativas, que solo me pertenecen a mí. Porque no nos equivoquemos: las cosas “no nos suceden”…siempre hay un instante para poder pensar, para darme cuenta que ya me estaba por salir la respuesta automática del pasado y entonces, elegir concientemente hacer algo distinto. Y lo bueno es que esa respuesta diferente me permitirá descubrir nuevos aspectos míos antes desconocidos…Así, una nueva auto-valoración comienza a gestarse y voy dándome cuenta que cada vez necesito menos la aceptación exterior porque cada día voy aceptándome y queriéndome más a mí misma. Cuando ya no dependo de la mirada del otro para amarme, sino que puedo decir, convencida, “ésta Soy”.

¿Y hay algo más maravilloso que entender que con cada elección conciente me voy haciendo responsable de mi propia vida y que solo depende de mí el futuro que comienzo a soñar?

A esto lo llamo autorrealización. Y creo que es posible…

EDUCANDO A NUESTRAS EMOCIONES

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Los seres humanos vivimos inmersos en un gran caos psicológico.

Cuando nos detenemos a prestar atención a los que nos sucede a diario, vemos que constantemente distintas partes internas se “tironean” unas con otras por estar en contradicción: sentimos que hay algunas que son “adecuadas”, mientras que otras preferimos no sentirlas porque “no son buenas”.  Así se va creando una división  y una incoherencia interna que va volviendo tortuosa nuestra vida. Todo ésto acarrea tensiones,  conflictos, fricciones y de esta manera, síntomas de todo tipo: angustia, ansiedad, depresión, inseguridad, desvaloración, vergüenza, dolores físicos, etc.

Poner orden en este caos conociendo a fondo nuestro psiquismo fragmentado, es una tarea indispensable que todo ser humano debe hacer  para tener una vida más coherente y auténtica.

Sí, porque como veremos más adelante, uno puede educar a sus propias emociones. Puede aprender a manejarlas de la mejor manera posible, para poder administrarlas conscientemente en lugar de ser dominados por ellas.

El dolor, el miedo, el enojo, los celos, la alegría o el amor, nos instan a que miremos en lo hondo de nuestro interior y busquemos cómo relacionarnos con lo que sentimos de un modo lúcido e inteligente.

La propuesta de la  Psicología Humanista- Transpersonal  no apunta solo a un “sentirse bien”, sino a acrecentar la conciencia de uno mismo. Aprender a verse a sí mismo como realmente se es, sin castigos ni rechazos, sin vergüenza ni auto-maltrato. 

Poder aceptar que todas las emociones nos pertenecen y está bien que eso suceda ya que ellas enriquecen nuestras respuestas. Darnos cuenta que podemos ser amorosos pero también odiosos, que podemos ser pura alegría o puro dolor, ser generosos o mezquinos, tímidos o extravertidos, tiernos o hirientes, sabios o ignorantes. Sí, todas ellas nos pertenecen, nos hacen Ser lo que Somos.

Son sólo los condicionantes sociales y culturales las que las rotulan de “malas” o “buenas” y eso es lo que crea el conflicto dentro nuestro. Nos enseñan que hay emociones mejores o peores y si expresamos alguna de las últimas somos castigados. Así, ya desde bebés, aprendemos que hay emociones que no se pueden mostrar y así vamos escindiendo una parte importante de nuestro ser.  A medida que seguimos creciendo, ya no hace falta el castigo externo: nos convertimos en nuestros propios  auto-castigadores. Nos censuramos, nos criticamos y nos peleamos con aquellas partes nuestras que no se ajustan al “ideal” de lo querríamos ser o de lo que creemos que los demás esperan de nosotros.

Para poder tener una vida emocional sana, en principio no es tan importante entender el por qué de lo que sentimos, sino cómo nos vinculamos con eso que sentimos. Si tratamos de negarlo, el resultado es el dolor. En cambio si podemos establecer un contacto inteligente y respetuoso con nuestro sentir, aceptando todo lo que somos y sentimos, se va estableciendo un equilibrio dinámico en el cual nuestra conducta va siendo cada día más coherente y mejor para nosotros mismos.

En palabras de uno de los máximos exponentes de la Psicología Humanista, Carl R. Rogers:

“Soy más eficaz cuando puedo escucharme con tolerancia y ser yo mismo. Con el transcurso de los años he adquirido una mayor capacidad de auto – observación que me permite saber con más exactitud que antes lo que siento en cada momento. En otras palabras, creo que soy más capaz de permitirme ser lo que soy. Me resulta más fácil aceptarme como un individuo decididamente imperfecto, que no siempre actúa como yo quisiera. Quizás este punto de vista pueda resultar bastante extraño para algunas personas. Sin embargo, lo considero valioso a causa de que, paradójicamente, cuando me acepto como soy, puedo modificarme”. (“El proceso de convertirse en persona”, Ed. Paidós, 1972).

También es importante señalar como dice el Dr. Norberto Levy, psiquiatra argentino y uno de los primeros referentes de la Psicología Transpersonal, que cada emoción actúa como una “señal de alarma” de que existe un problema que necesitamos resolver (que generalmente nos remite a problemas latentes), pero que una vez comprendida y aceptada, esa misma emoción se convierte en nuestra aliada para resolver el conflicto. Él hace un exhaustivo análisis de qué significa cada emoción y la mejor manera de relacionarse con ellas. 

¿Qué hacer frente a todo este caos y dolor? La Psicología Transpersonal nos dice que la herramienta fundamental para poder trabajar con nosotros mismos es el Discernimiento.

Es el que nos permite entrenar nuestra conciencia para aprender a auto-observarnos sin juzgarnos, para aceptar compasivamente lo que vemos sin criticarnos ni castigarnos. Así vamos pudiendo  separar qué es qué dentro del caos: qué es real y qué imaginario, ver cuánta carga emocional le estamos poniendo a esta situación presente que en realidad viene del pasado, cuánto esfuerzo ponemos en alcanzar la imagen “idealizada” (y como tal, imposible de alcanzar), cómo deformamos la realidad en función de nuestras proyecciones, cómo nos gobiernan mandatos que no nos pertenecen. 

Según las enseñanzas de los grandes Maestros Espirituales, transitamos por la vida como “dormidos”, sumergidos en ese caos sin siquiera percibir que lo estamos. No hay en nosotros ninguna conciencia de lo que está sucediendo. Sufrimos pasivamente sus consecuencias, como si no pudiésemos hacernos cargo de lo que sucede. Somos así como casas deshabitadas, donde el dueño no está presente para hacerse cargo de los arreglos necesarios.

Es necesario despertar al Observador Interno que atestigua sin apegarse y sin rechazar. De echo, para las Tradiciones de Sabiduría, tanto el apego (“Quiero seguir sintiendo esto tan placentero un poco más”), como el rechazo (“No quiero sentir esto tan doloroso nunca más”), son los generadores de todo el dolor humano. 

Cuando uno va aprendiendo esta capacidad conciente de verse a sí mismo sin justificarlo, sin disfrazarlo, sin negarlo, se va produciendo un cambio significativo: pasamos del auto-rechazo a la auto-aceptación.

Además existe lo que se llama la autorregulación emocional: al permitirnos sentir todo lo que sentimos, los sentires se compensarán entre sí, permitiendo de esta manera una conducta congruente e integrada. Al no excluir ningún sentimiento, podemos estar enojados en un momento dado frente a una persona, pero también nos damos cuenta que sentimos afecto por ella, que la respetamos, que ciertas partes suyas nos provocan una sana compasión. Y así, le damos a ese enojo la medida justa y sana de su expresión (por ejemplo, poniendo un límite maduro).

Por otra parte, al aceptar todo lo que somos, le estamos dando legitimidad a lo que se manifiesta  internamente y con ello nos hacemos cargo concientemente de todas nuestras conductas, de todas nuestras emociones, de todos nuestros pensamientos.

Al no identificarnos con una emoción ya no creemos que somos solo esa emoción (soy mi dolor, soy mi angustia, soy mi rabia), sino que podemos vernos como una totalidad integrada, comprendiendo que todos los estados por los que pasamos son impermanentes, transitorios.

Así, ya no estamos “tomados” por nuestras emociones, ellas ya no nos dirigen ciegamente, sino que somos capaces de elegir concientemente cómo queremos actuar y utilizarlas para resolver el problema que ellas nos presentan. Esto no sólo nos libera de nuestro sentir neurótico, sino que nos permite una verdadera transmutación: subir un escalón más en la evolución de nuestra propia conciencia,  para llegar a una verdadera autorrealización

METÁFORA SUFÍ DEL CARRUAJE ANTIGUO

Carruaje (1)

Los antiguos maestros sufíes crearon una hermosa metáfora que describe muy bien el desarrollo espiritual de los seres humanos.

Según ellos la mayoría de las personas son como esos carruajes antiguos con su cubículo de madera donde va el pasajero, el cochero y los caballos. En la metáfora el carruaje representaría al cuerpo, el cochero sería la mente y los caballos las emociones.

Y así es como la mayoría de las personas se ven a sí mismos: sólo mente-cuerpo-emociones. Donde el papel principal la tiene la mente, quien con esta visión, es la que dirige nuestras vidas.

Pero los Maestros se preguntaron qué sucede si el cochero se duerme o se emborracha (¡como tantas veces le sucede a nuestra mente!). Los caballos comenzarían a tirar cada uno para un camino distinto, haciendo que el carruaje se bamboleara cada vez más hasta romperse y sin llegar a ninguna parte.

Por eso ellos decían que lo que aquí falta para que esto no suceda es el elemento esencial: el Amo del carruaje, el que puede despertar al cochero y mostrándole un mapa decirle a dónde quiere ir y por cuál camino. El que puede ajustar las bridas de los caballos para que corran juntos como un buen equipo. Y finalmente sentarse tranquilo en su carruaje, sabiendo que va a llegar sin disturbios a su destino.

¿Y a quién representa en esta metáfora el Amo, el Dueño del carruaje? A nuestra Conciencia Superior, nuestro Ser Espiritual. Esa Conciencia despierta que luego de comprender todos los condicionamientos que nos restringen, puede soltarlos y encontrar dentro de sí mismo sus propios deseos y cumplirlos.

Esa Conciencia que sabe que somos una unidad mente-cuerpo-emociones-espíritu y que es esta última el componente no sólo aglutinante de las demás, sino y principalmente, el que nos da la sabiduría para vivir nuestra vida cada vez más plena y solidaria, eligiendo en cada momento quién y cómo queremos ser.

Permitámonos entonces dejar surgir a nuestro propio Amo y sentir el poder y la satisfacción de ser los forjadores de nuestra propia vida…